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Suzanne Jardalian, cineasta de origen armenio, creció sin entender qué escondía su abuela bajo sus guantes, al saber que su abuela había sido violada, esclavizada y tatuada para que todos sus vecinos recordasen a diario su origen y su condición; cuando vio que no era la única que había crecido haciendo la misma pregunta, grabó el documental, Los tatuajes de la abuela.

Mostró, así, lo que las mujeres armenias se esforzaron en ocultar generación tras generación. Estos pequeños tatuajes se convirtieron en burla pública a la que eran sometidas sus portadoras; estas pequeñas marcas que antes habrían proporcionado a las mujeres de fuerza, protección y fertilidad, ahora las anulaban como mujeres, como personas, como parte de una familia y de un grupo cultural y religioso. El tatuaje significaba, sencillamente, pertenecer a.

Todas las mujeres armenias que sobrevivieron a aquellas matanzas y permanecieron en Turquía solo salvaron sus vidas en sentido estricto. Es decir, se adentraron en un infierno que garantizase la supervivencia de los suyos. Tatuadas como animales para que todos supiesen de dónde venían y en qué se habían convertido, eran forzadas a olvidar quiénes habían sido.

Una mujer de Armenia que era violada por el enemigo, tatuada con su bandera nacional y religiosa no pertenece a si misma nunca más ni a su familia. Misma que lleva a convertirla en la posesión de la mente y la voluntad del infractor, de su religión y de su nación.

Por otra parte, Hasmik termina sus labores y se une para contar lo poco que sabe, lo poco que le contaron acerca de su bisabuela que murió cuando ella tenía siete años y creció creyendo que ella tenía una marca de nacimiento en la cara, con el tiempo se dio cuenta de que se trataba de un tatuaje, de una mancha redonda y azul, la que trató de ocultarla usando monedas de oro del traje tradicional armenio, sobre la frente, disimulando la marca, cuando no tenía monedas, se tapaba la frente con un pañuelo. Siempre que le preguntaban decía: «Es una marca»; y cambiaba de tema.

Nunca habló esto con nadie y tampoco hablaba de sí misma. Según cuenta Hasmik, su bisabuela, Amam, pudo escapar de Turquía gracias a que pertenecía a una familia adinerada, con lo que su padre pudo pagar por salvar su vida. Pero la riqueza de Amam pronto se desvaneció, cuando llegó a la Armenia soviética, siendo todavía una mujer joven y soltera, las autoridades de la aldea a la que acudió le decomisaron todo el oro.

Estaba a punto de estallar la Segunda Guerra Mundial cuando llegó al país del que se sentía parte. Ya en Armenia, se casó y su marido partió a la guerra. Nunca volvió, aunque a su familia tampoco le consta que muriese.

Cuando su marido se fue a la guerra, los hermanos del mismo solían ir y llevarse el dinero y el oro que ella tenía, muchas veces a la fuerza.

Además de los tatuajes en la cara, también tenía tatuajes en los dedos de las manos. Los cuales eran números, esos no los escondía, tampoco inventaba excusas cuando le preguntaban por los números, como lo hacía cuando preguntaban por la marca de la cara, sencillamente, no respondía.

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